De la vulgaridad seudointelectual o "¿Por qué no me regala su libro?"

Iba yo en mi habitual paseo microblusero por los bucólicos rumbos de Villa Cloaca. Mi vista, cansada de alternar entre el paisaje asfáltico y los rostros inexpresivos y jetones de los demás pasajeros se topó repentinamente con una auténtica maravilla: una edición venerable de ensayos de Octavio Paz hojeada por una pasajera (a estas alturas del partido ya no hago suposiciones sobre el estado marital o la falta de éste respecto a féminas que rebasan los 18 años).

Dicha individua iba investida con el aire respetable de cualquier lector de transporte público: serena, imperturbable ante las embestidas de la vida y del pasaje, concentrada.

Qué dicha, pensé, ser la dueña del título en cuestión, Los privilegios de la vista, una serie de ensayos sobre artes plásticas. Toda yo ardía de envidia bibliófila desde la lejana perspectiva que mantenía, aunque no tanto como para no poder leer los títulos de los susodichos ensayos en la portada. Por no hablar del éxtasis que invariablemente me producen los volúmenes de añeja edición.

Como decía, la bienaventurada dueña del librín se ostentaba como digna representante del quehacer intelectual en el transporte público metropolitano: gafas de metal dorado, morral, ejem digo, librero portátil de la Gandhi, plumón fosforescente... ¿PLUMÓN FOSFORESCENTE?
Efectivamente, esta augusta estudiosa móvil se ayudaba de dicho implemento para realzar (literalmente) su lectura por las palabras del difunto Nobel.

Ante semejante acto de vandalismo (no sé calificarlo de otra forma) tarde se me hacía para intentar rescatar al sufrido volumen de las manos bárbaras que lo marcaban de una vez para siempre, no con el flagelo del desprecio o la censura, sino con un horrendo color "amarillo huevo-mírame a ídem". En un momento dado pensé en actuar como los carteristas: rápida y arteramente, sin embargo, mis habilidades no dan para lo primero, menos aún para lo segundo, lo cual me hizo reconsiderar mis intenciones iniciales y me conformé con rabiar calladamente, sumida en el abismo de la impotencia y el reggeatón de fondo que nos obsequiaban las bocinas de la unidad de transporte en cuestión.

¿Y el sacrosanto derecho de todo lector a señalar su lectura? Yo no lo desconozco, es más, lo defiendo a capa y espada... pero también defiendo las formas y modos; hay notas de lectura que sólo son innecesarias, sino absolutamente molestas. Hay distintos tipos de notas, las mejores sin duda son aquellas que se constituyen como preciosísimas ayudas y sutiles reflexiones de anónimos lectores avezados, aunque las más de las veces uno se encuentra con los borroneos insufribles de alguien más preocupado por subrayar cada centímentro cuadrado de papel que por ubicar una idea en particular. Ah, y con tinta roja o plumón.

Lo del libro de Paz fue casi tan bonito como otra experiencia memorable de la que fui testigo: una asistente habitual a los eventos de Bellas Artes (eso se veía) marcando con fruición un volumen bilingüe de poesías de Hölderin con un plumón fosforescente, en lo que comenzaba un concierto de Madredeus. La vista de tanta sensibilidad casi me hace llorar.

La reseña del libro de Paz, en cuestión:
https://www.fce.com.ar/fsfce.asp?p=https://www.fce.com.ar/series.asp?SER=40

9 GLOSAS:

Trompetista de Falopio dijo...

Válgame el cielo. Ay esta juventud de hoy. Al rato hará figuras de origami con los poemas de Keats. Qué bueno su post, compañera.

bandala dijo...

TROMPETISTA: Lo malo es que ni la edad las disculpaba, pues en ambos casos eran dos mujeres que ya habían dejado atrás (muy atrás) sus quince primaveras, otoños o lo que fuera. Chin, ya sé que me oí como la viejita de la biblioteca pero qué quiere... tanto trabajo que cuesta comprarse un librín para ver cómo hay quienes se dan el lujo de borronearlo. Muchos abrazos a ver para cuándo un café, no?

Andrómeda dijo...

Con tu post me acordé de dos momentos "no entiendo qué pasa con la relación libro-gente".

Censura: compré en una librería de viejo un libro que tenía párrafos enteros tachados con grueso plumón negro (cosa en la que no me fijé al comprarlo, claro, si no lo hubiera dejado ¡fraude, que me devuelvan mis 7 pesos!).

Libertinaje: Leyendo un Altazor que saqué de la biblioteca de la escuela, en pleno Canto III me topé con el dibujo detalladísimo de un pene y todo fue una confusión. Es que ya no hay moral.

Pues no, no entiendo. Todavía los del plumón colorido pus lo han de hacer por hacer una fiesta con la emoción de lo que leen, supongo, y el del dibujito por amor a la obscenidad, pero ¿el que se ocupó de tachar línea por línea, bien derechito, casi medio libro? No, yo, al igual que tú, ya no entiendo a la juventú.


***
No tiene que ver con esto y ya está a destiempo, pero como acabo de descubrir tu blog que se me perdone: Tu justificación del Conde Contar es lo máximo, lo máximo.

bandala dijo...

ANDRÓMEDA: Tiene usted razón: ambos casos son como para no dar crédito. En el caso del dibujo, podría tratarse de algún adepto a algún culto fálico bizarro. O a lo mejor su éxtasis poético se sublimó en esa ilustración. Ya sabe lo que dicen: una imagen vale más que mil palabras.
Pero el libro tachado con tanto esmero la verdad sigo sin encontrar más explicación que la de un artista de la inquisición. O un calígrafo vengativo.
Cualquiera de todas estas tenebrosas posibilidades que oscilan entre el libertinaje y la censura de cualquier forma dan qué pensar. Muchos saludos.

bandala dijo...

Gracias por el comentario del post vampírico; ¿a poco no es una buena explicación para tanto delirio matemático?

Cel.lia dijo...

joih bandala
a mi me encanta subrayar (o es subrallar?) los libros, con lapiz, e incluso con bolígrafo.
No sé si es sadismo...pero debería usted ver, como dejé a Justin de Lawrence Durrell...
Eso sí, el plumón fluorescente (lo que me ha costado entender eso, podiós, aquí le llamamos, bueno, en España, rotulador fluorescente, porque el plumón para nosotros es una chaqueta rellena de plumas...y pensaba yo, pues si la chica es hortera, que le vamos a hacer, por lo menos lee bien...en fin, ya ve que confusión), pues eso, que yo del plumón fluorescente, sólo hago uso cuando son cosas de estudio y de arquitectura (y siempre es azul, o un naranja más matadito)
Yo amo a los libros, patologicamente.
Y como toda patología, a veces incluso, les hago sufrir.

Eso sí, si se los dejo a alguien, pobre de ellos que me lo marquen, me lo dañen, o le arruguen ligeramente las tapas!!!

bandala dijo...

CEL.LIA: Jajajaaa! ¡Qué buena imagen la de esa mujer del libro con la chaqueta de plumas!! (acá a la chaqueta le llamaríamos "chamarra"). A mí me gusta mucho anotar mis libros pero con lápiz, de forma que casi son apuntes de fantasma. Y también comparto esas formas de amor patológico por los libros, lo malo es ver que la mayoría de la gente sólo sabe de sadismo.
Un abrazo fluorescente con rotulador y sin plumón!

diego (xct) dijo...

Encontrarse un libro que pertence a la biblioteca rayoneado y subrayado... ¡ay tragedia del alma!
Se puede decir que lo que cada quien haga con sus libros, es gusto de cada uno. Hay algunos que yo subrayo con singular alegría, sea con plumín o con plumón, pluma o lápiz. Otros son como un objeto sagrado, sólo me atrevo a ponerles un post-it en el que escribo con letra diminuta aquello que hay que destacar.
PEro que un gamberro rayonee un libro público me parece un acto delictivo, punible con la prohibición de poner un pie en la biblioteca jamás. Bien dijo el Benemérito que "el respeto al derecho ajeno es la paz". Que me respeten el derecho a leer un libro virgen!
Lo del plumón: la primera vez que oí a los españoles hablar del plumón me quedé de una pieza, porque no entendía nada. Y cuando alguna vez dije a alguno que si me prestaba su pluma para escribir, se partió de risa. Pues acá la pluma es algo así como el índice de mariconería de una persona, además de lo que forra a los pájaros, desde luego. Las plumas dejaron de usarse en la antigüedad.
Soy JIMENA, pero me metí a la computadora de mi marido en plena sesión de su blog. Así se los presento y ven que majo es. Saludos Bandala.

bandala dijo...

Jimena (alias Diego jajaja):
También te apoyo en el justo reclamo de poder leer un libro virgen, derecho primordial de todo lector; aunque creo que el castigo para esa clase de gamberradas debería ser la cadena perpetua o al menos la prohibición permanente para jamás volverse a acercar a un libro y/o papel impreso.
Jejeje, vaya con los líos lingüisticos y culturales.
Me acordé de una profesora mía a la que casi le lavan la boca con jabón allá en España una vez que se detuvo ante el aparador de una panadería y gritó entusiasmada a su horrorizada amiga: "¡Mira, pasteles con chochitos!". Claro que la amiga no lo relacionó con la alegre confitura de colores que nos es tan familiar, sino en un eufemismo referente al aparato reproductor femenino.
Saludos para ti y tu esposo!