La oscuridad y usted

La oscuridad es uno de los grandes temores de nuestra infancia.
O al menos, eso se supone.

Debido a que mi primera vivienda carecía de ventanas, tuve que aprender a desplazarme por las piezas oscuras antes y después de poder alcanzar el interruptor de la luz. Esto no me causaba ningún inconveniente, pues mi imaginación no daba para andar sacando monstruos de las tinieblas; el único problema era cuando me pasaba lo que en el chiste de Hellen Keller y alguna silla, caja u objeto similar tenía el mal gusto de atravesarse en el camino.

Cierta vez me contaron sobre una tortura practicada por los militares a los presos retenidos de forma ilegal con el fin de desquiciarlos: los mantenían sin dormir encerrados en una especie de celdas donde todo era blanco. El preso no podía distinguir dónde estaba el techo o el suelo, ni cuál era la distancia entre los muros; es decir, los desorientaban totalmente.

¿A qué viene esto? Que cuando era muy muy pequeña, solía caerme a cada rato de la cama. Pero como mencioné antes, no teníamos ventanas; por tanto, lo único que veía (o mejor dicho, que no veía) era una oscuridad total y absoluta. Así que era incapaz de orientarme para poder treparme nuevamente a la cama; no sabía dónde me encontraba ni hacia dónde estaba la cama. Una sensación muy atemorizante, ahora que lo recuerdo. Lo único que me quedaba por hacer era acurrucarme donde me había tocado caer, confiar en que la noche siguiente no volvería a caerme de la cama, y sobre todo, en no despertarme a mitad de la noche, cuando no había más que oscuridad.

Creo que nunca he tenido demasiados problemas con la oscuridad; o al menos eso creía hasta hace poco cuando se fue la luz mientras me encontraba en un supermercado casi a la hora del cierre y deambulaba por un pasillo particularmente desierto. La idea del almacén casi vacío junto con su enormidad fue suficiente como para mantenerme paralizada durante los dos minutos que debe haber durado el apagón. Minutos que me parecieron una eternidad.

No creo que la oscuridad sea el problema, más bien todo lo contrario.
Los que vivimos en las ciudades damos por hecho la iluminación artificial como un elemento tan natural, presente a toda hora, lugar y momento, que pasa desapercibido hasta que el suministro falla o es interrumpido.

Particularmente, durante esta temporada decembrina padecemos de sobreiluminación en calles, fachadas y casas a través de las series navideñas, adornos y demás implementos navideños, los cuales permanecen prendidos ininterrumpidamente, sea durante el dia o la noche. Una luminosidad que resulta, incluso, agresiva.

Dénme un espacio para la luz; pero pido también un espacio para la oscuridad.

4 GLOSAS:

Tania dijo...

Qué gachos tus papás: al primer catorrazo debieron poner un barandal o una murallita de sillas a la cama para que no te cayeras.

¿Qué haces despierta a la 1:49 AM? ¿Porqué no aprovechas y me hablas a esas horas? ¿Eh? ¿Por qué? ¿Por qué? Espero que sea porque estás ocupada con la tesis.

Por cierto, abrazos a la futura Lic.

Tania dijo...

Oye, y hablando de luces urbanas, aquí he de confesar que siempre he querido tener un blog para escribir en él acerca del resplandor de Shibuya por las noches (es que la ventana de mi habitación da exactamente hacia allá).

Va otro abrazo con este segundo comentario.

sono dijo...

La oscuridad no está mal. La sobreiluminación tampoco. Pero creo que definitivamente prefiero la segunda, a razón de que un antifaz me podrá salvar el pellejo (aka retina) de la exposición de por lo menos 1,000 lúmenes.

¿Me perfora esa pared? Quiero una ventana.

bandala dijo...

TANIA: Antes que nada no te he hablado porque he estado saturada de trabajo y de virus, pero parece que mi una de las dos crisis ha cedido, así que en una de esas te sorprendo. Me pongo a escribir este tipo de cosas a las tantas de la mañana por una especie de estrés noctámbulo. No tienes idea de cuanto me animas, amiga. Son momentos de trabajo solitario donde se echa de menos este apoyo. Y ya deja de pensar en ese blog como parte de tus propósitos de año nuevo. Quiero leerte YA!!!
Te mando abrazos no duplicados, sino triplicados.
SONO: Yo prefiero el justo medio. Y creeme, de haber podido, a mis siete añitos hubiera buscado algún implemento percutivo o explosivo para inventar una ventana.
Abrazos muy fuertes.