De fetichismos y mascotas (I)

Bueno, este post iba a ser dedicado en realidad al fetichismo, pero mis asociaciones mentales me desviaron totalmente del tema.
Por otro lado, pude constar rápidamente que mis manías fetichistas no alcanzan un nivel que pudiera considerarse fascinante, vaya... ni siquiera aceptable: un botón azul que arranqué accidentalmente de cierta camisa y que me permitía, a fuerza de acariciarlo como lámpara de Aladino, evocar a alguien más; paquetes de cosas que presté y que me cuesta trabajo abrir por temor a disipar una esencia oculta, como alguna conexión invisible entre la persona a la que le presté los libros, discos, etc. y yo; un chocolate sobreviviente de Navidad, que me niego a comer por que es el último vestigio del paquete de esos chocolates que adoro y que una persona muy querida me regaló ¿cómo comerme su obsequio?
En fin, a lo que me llevó esta serie de asociaciones fue a otro tipo de fetichismos, muy particulares, puesto que aparecen cada 6 años y después desaparecen. No, no me refiero a las elecciones.
Cada olimpiada aparece provista de su propio discurso e imagen. Pero ¿qué importan los resultados, o quienes ganan y pierden, si casi siempre los mismos? Las ceremonias de premiación desdicen todos los discursos sobre entendimiento, paz, fraternidad, bla, bla, bla... Cada Olimpiada vemos cómo toda la retórica bien intencionada es desplazada por los mismos antagonismos políticos, culturales, e incluso de género, que confrontan a individuos y naciones fuera de las canchas, albercas, pistas y estadios.
Cada país se esfuerza por hacer los mejores juegos (invirtiendo miles de millones de euros, dólares o yenes y adquiriendo también deudas mayores que el organizador anterior), las instalaciones más modernas, hacer que sus ciudades parezcan las más decentes, su gente, la más simpática, educada, civilizada, sexy... al fin y al cabo es para quedar bien mientras hay visitas y todos los medios del mundo transmiten todo lo que pasa y no pasa allí las 24 horas en horario internacional.
Por eso la elección de la mascota también supone una feroz competencia: debe ser representativa de algo (obviamente, algo positivo o simpático) pero vanguardista; debe ser singular, sin que llegue a lo bizarro; adorable, sin llegar a lo cursi; universal pero relacionada directamente con la idiosincracia local, pero sin que llegue a ser tan autóctona... fácil, ¿verdad?
Las mascotas olímpicas, más allá de los chauvinismos, el consumismo y lo kitch, son fascinantes porque como aparadores, nos muestran ideales de aparecer como..., ser como..., nos muestran una esencia, una serie de atributos o bien, exhiben la carencia de todo esto.
Una mascota olímpica por tanto, debe ser lo suficientemente poderosa y atractiva, pero ojo: no debe de perder de vista que es un presentador o embajador.
Una mascota nos dice mucho de la identidad de los anfitriones... o de la falta absoluta de éste. En cada olimpiada también la mascota suscita apasionados debates entre quienes la aman o la odian, pues nunca habrá un punto intermedio para una mascota que se precie de serlo. Por tanto, la presentación de cada nueva mascota es un evento culminante, casi más importante que saber cuál será la nueva sede olímpica.
Por todo eso, mi entusiasmo lo acaparan las mascotas olímpicas, aunque últimamente ya no figuren tanto como antes, cuando incluso, protagonizaban sus propias series televisivas, además de la avalancha de productos con su imagen. Camisas, plumas, vasos y todo tipo de cachivaches que nos inundaban intensa y fugazmente, como el impulso irresistible que siempre nos llevaba no sólo a adquirir, sino a conservar alguna de estas chucherías, aunque después de la olimpiada en cuestión resultara un tanto fuera de lugar, pero provista de un innegable encanto nostálgico.
Y es por eso que cuando comparamos todas las mascotas que ha habido hasta ahora, nos encontramos con aspectos contrastantes que van desde la elección del qué (animal, ser o cosa), pasando por su diseño, hasta el nombre. Y también se puede apreciar que tan acertadas o tan desafortunadas fueron esas elecciones.

1 GLOSAS:

sono dijo...

Hay algo franacamente fascinante en todo esto... la organización de eventos deportivos es como la antigua "erección" [sic] de monumentos.

Las antiguas ciudades renacentistas, erigían la mejor catedral o la mejor rotonda para mostrar la supremacía [económica] de su ciudad...

Hoy en día, una de las miles de formas (algo "patéticas" en su acepción nada renacentista) para hacer destacar una ciudad, no son sus artistas, sus ingenieros o habitantes... son sus "eventos" [deportivos]...

"¿Quién tuvo la mejor boda de toda la generación de la uni?", "¿Quién tuvo la mejor fiesta de 15 años¡", "¿Quién tuvo la mejor olimpiada?"